Queridos amigos:


Permitidme que os llame de esta manera, pues buenas razones tenemos para ello, al ver todo lo que estáis haciendo, juntamente con vuestras familias y quienes os atienden y cuidan, para hacer que vuestra enfermedad sea cada día, no sólo más llevadera, sino que pudiera hasta desaparecer.

Me niego un tanto a consideraros simplemente como enfermos, pues más allá de las limitaciones que pone la naturaleza o la debilidad humana, está vuestra misma dignidad como personas y, naturalmente, hijos de Dios. Y por ser persona merece uno ya todos los respetos y consideraciones.

Cuando se habla de enfermedad y de limitaciones, la persona que lo sufre, y su familia, justamente se estremecen. No es para menos. Pero enseguida, hay que reaccionar y defenderse contra toda clase de derrotismo, de irremediabilidad y desesperanza. Y no como una aceptación resignada de paciencia, sino como una decidida intención de poner en marcha todas las posibilidades de que están al alcance para remediar y cuidar.

Quiero recordaros unas palabras de Juan XXIII, aquel Papa bueno que se ganó el afecto de todos, y que decía: cuando se trata del bien del hombre, hacer lo posible es siempre obligatorio.

Esa posibilidad tiene que ir unida a la confianza, que no es un sueño, ni una vaga ilusión, sino la seguridad de que las personas harán lo que esté en sus manos para ayudarnos.

En primer lugar, confianza en vosotros mismos. Cuando se cierra un camino, siempre aparece una ruta alternativa. Y las dificultades hay que considerarlas como oportunidades para sacar toda la fuerza que hay detrás de muchas flaquezas.

Confianza en vuestra familia. Es lo más cercano. Lo más querido. Quienes más identificados están con nosotros. Y, muchas veces, quienes soportan mayor dolor y preocupación que vosotros mismos.

Confianza, y muy grande, en los doctores y especialistas que os atienden y que estudian e investigan para aliviar o hacer que desaparezca esta enfermedad.

Jesucristo, el Señor, sabe mucho de enfermedades y de limitaciones. No os canséis de mirar a Cristo. Enseguida os daréis cuenta de su aliento y compañía.

Me han pedido que os dirija estas palabras. Lo hago con mucho gusto, Y me pongo a vuestro lado con oración y afecto.

Carlos Amigo Vallejo


Cardenal Arzobispo de Sevilla